Una mañana alegre en la granja, Rayo invitó a sus amigos a correr hasta el árbol grande y regresar.
Isabella sonrió, la Vaca Toña movió su colita muy contenta y Pipo saltó emocionado.
—¡Yo voy a ganar! —gritó Pipo.
La carrera comenzó.
Rayo corrió veloz, Isabella avanzó feliz y la Vaca Toña iba su ritmo.
Pipo iba detrás de todos, hasta que descubrió un camino corto entre los arbustos.
—Si paso por aquí, llegaré primero —pensó, y tomó el atajo sin decir nada.
Cuando los demás llegaron al árbol, Pipo ya estaba celebrando.
—¡Gané, gané! —dijo orgulloso.
Pero Rayo descubrió que no había seguido el mismo camino.
—Pipo, tú tomaste un atajo.
—Pero llegué primero —respondió cruzando los brazos.
Isabella se acercó con ternura.
—Ganar se siente bonito, pero ganar haciendo trampa no se siente igual en el corazón.
Pipo bajó la mirada y comprendió que sus amigos no estaban felices.
—Perdón, hice trampa. ¿Podemos correr otra vez? —preguntó.
Todos repitieron la carrera por el mismo camino.
Pipo corrió, brincó y siguió adelante, aunque esta vez ganó Rayo.
—No gané, pero corrí sin hacer trampa —dijo Pipo sonriendo.
—¡Yupi, yupi, yay! ¡Eso sí es jugar bonito! —celebró Isabella.
Pipo aprendió que jugar con honestidad es más importante que llegar primero.
Moraleja:
Ganar haciendo trampa no da verdadera alegría; cuando jugamos limpio, nuestro corazón se siente feliz.



